Petite mort
Oruguismo
Rosario Zorraquín
Isla Flotante
09.03.21 | 10.05.21

Rosario Zorraquín (Buenos Aires, 1984) presenta Oruguismo, una instalación compuesta de siete pinturas de su serie “Tamihza”, en Isla Flotante. La artista trabaja a partir de imágenes, palabras y situaciones imaginarias almacenadas en el subconsciente: sentimientos, memorias e ideas que se encuentran por fuera del terreno de la atención primaria. Para acceder a estas instancias toma elementos del chamanismo, la magia y el psicoanálisis, pero también creó un sistema propio de símbolos y un método que le permite “filtrar”, tanto de manera material como conceptual, estos pensamientos ocultos. La escritora y curadora Rosa de Graaf, a cargo de uno de los textos que acompañan la exhibición, explica que “son los residuos [del procedimiento de filtrado] lo que la artista busca retener en sus trabajos”.

Cuenta Zorraquín que hace unos años comenzó “una investigación o invención de una especie de lenguaje no codificado. A partir de la observación de la realidad, obsesivamente inventaba símbolos y signos sin parar”. Denominó “Glosario” a ese sistema, que deliberadamente quedó “sin codificar, en un estado latente, pero sabiendo que contiene información. Más que nada información emocional”. Luego buscó formas de leer este sistema y para ello elaboró los símbolos en relieve. Organizó entonces reuniones individuales con personas para que palparan los relieves con los ojos cerrados, casi “como una especie de braille” (Zorraquín). Al hacerlo, la persona invitada “describe todo lo que aparece, a veces son imágenes sueltas y otras veces son como sueños lúcidos, aparecen personajes familiares, espacios conocidos, y algunos sentimientos de miedo, nostalgia y placer. Algo interesante que ocurre es que muchas imágenes se repiten, es como si cada persona que toca esos relieves también los cargara de información, entonces el siguiente participante al tocar este soporte recibe la información del participante anterior. Todo este material lo recopilo, grabando audios, escribiendo y dibujando lo que cada cual lee y después, con cada una de estas experiencias, hago un cuadro” −continúa Zorraquín−. Para De Graaf, este procedimiento favorece una “exploración interna” de la artista, que “considera a estos signos como vehículos de las articulaciones visuales y verbales de lo intangible”.

A nivel visual, estas articulaciones se manifiestan a través de los experimentos que Zorraquín realiza con telas con las que envuelve los cuerpos de participantes, a quienes sumerge en agua y luego procede a marcar con lápiz, tintas, pintura y más agua. Santiago Villanueva, autor de otro de los textos que acompañan la exhibición, describe una de estas sesiones desde el punto de vista de la artista, en primera persona: “La participante se recuesta sobre la tela. La ayudo a envolverse… de manera que su cuerpo quede bien comprimido dentro de ella. Solo su rostro queda fuera.
Cubro sus ojos con un antifaz de descanso. Dejo que el cuerpo de la participante comience a adaptarse a esta compresión y que acepte que va a entregarse a este estado por un tiempo”. La artista luego elige el relieve que va a leer y le ayuda a ubicarlo por dentro de la tela, “encima de su pecho o su abdomen. Apoyará sus manos allí para ir tocando el relieve por dentro de la tela, o sea solo sus dedos y manos se mueven. Tomo un marcador y le pregunto por aquello que empieza a aparecer, a sentir, a imaginar, a ver”. Cuando comienza a hablar, surgen “palabras sueltas, sensaciones, lugares. Yo escribo sobre la tela lo que me va diciendo, en distintas partes de la envoltura, por encima de su cuerpo. Comienza un relato. Le hago alguna pregunta. Sigue contándome, sigo escribiendo. Escribo frases, palabras sueltas y empiezo a dibujar líneas de su cuerpo, marcando aquello que hay debajo de la tela. Me cuenta, le pregunto, hablamos, dibujo”. Al concluir la sesión, “la participante va saliendo, sacándose la tela como si fuese una piel (como desprendiéndose de una piel), hasta quedar completamente fuera. Queda su tela, escrita, dibujada, impresa con las líneas de su cuerpo y las palabras de su lectura”. La obra surge de esta experiencia y de la experimentación con la tela que genera el encuentro.

Villanueva halla los fundamentos del procedimiento en la observación de los movimientos de las orugas, “pero también en la transformación de la textura de su cuerpo cuando cambian de piel. El oruguismo encuentra una manera de registrar mediante una combinación de dibujo y escritura alternada, historias, sentimientos y situaciones imaginarias marcadas sobre tela”. Esas telas cubren primero el cuerpo recorriendo su forma, para luego extenderse y exhibirse como planos. Se convierten de esta manera en “breves narraciones desordenadas del momento de la lectura”, que es íntimo y con palabras. El oruguismo “graba la forma del cuerpo”, su posición y “se materializa lo interno emocional sobre la tela-pellejo. Cada lectura queda grabada en la tela que absorbe el aura de la persona en ese momento”.