Antes del paisaje
Pablo La Padula
Miranda Bosch
28.03.21 | 14.05.21

Pablo La Padula (Buenos Aires, 1966) presenta Antes del paisaje en Miranda Bosch, donde expone un grupo de obras realizadas en el marco de su estadía en Port Tonic Art Center, una residencia de artistas ubicada en las cercanías de los Alpes Marítimos, golfo de Saint Tropez, Francia. En esa particular geografía, el artista, que es además doctor en Biología, se propuso continuar con una serie de “capturas o cartografías de territorios naturales”. En estos trabajos se propone un abordaje por “fuera de toda matriz disciplinar” –explica–. En este sentido, el título de la exposición tiene una intención literal: “quiero trabajar estética y emocionalmente con el territorio antes de ser entendido o leído con las lentes de la cultura, tanto de las artes visuales como de la ciencia… Quiero ser honesto en mi experiencia emocional; cuando hago una inmersión en el bosque, no quiero caminar como biólogo con la guía de taxonomía reconociendo plantas ni quiero caminar como un amante de las bellas artes, reconociendo en el territorio los paisajes que pintaron los grandes maestros de la pintura francesa. Quiero hacer una experiencia propia, personal”. 

En la sala de exposición, la disposición de las piezas funciona a la manera de un registro de las experiencias en el lugar de su producción y se articula a través de tres cuerpos de obra bien diferenciados. Por un lado, “un cuerpo que es pétreo, que tributa a la geología y que son las piedras del lugar”; el artista las intervino con humo y pigmentos sin alterar sus formas. “Acá yo voy al encuentro de la piedra particular, de la piedra fabulosa. Automáticamente, cuando saco una piedra [de su contexto natural] y la trabajo con el mínimo grado de ficción, apenas le hago un trazo a ese simple peñasco… se transforma en un elemento cultural, en la ‘primera herramienta’”. Por otro lado, sobre la pared, un grupo de papeles enmarcados registra el mundo vegetal, en clave de “herbarios de humo”. Para estas obras, La Padula realizó impresiones en positivo y negativo sobre hojas de papel de determinadas especies de plantas que fue eligiendo en el lugar. Produjo las imágenes al impregnar el papel con el humo que desprende la llama de una vela. El tercer cuerpo “es un estudio colorimétrico de la luz de la caída de la montaña en la profundidad del mar Mediterráneo”. También se trata, en este caso, de piezas realizadas con humo sobre papel, aunque aquí La Padula suma el pigmento y el dibujo se aleja de las formas orgánicas de las hojas y ramas para formar diversos motivos geométricos salpicados de nubes, explosiones y otros esfumados. El artista afirma que registran “lo invisible de la cultura del lugar”, refiriéndose a las ruinas romanas al pie de las montañas, sumergidas en el mar. “Estos trabajos tributan a la experiencia de bucear alrededor de las ruinas” y se trata por este motivo de “lo que no se ve” o de “la presencia más fantasmal en el golfo de Saint Tropez”. El humo atraviesa y unifica todas las obras de la sala, ya que se emplea para “preservar la imagen de una planta que es totalmente efímera, que habla de la madre tierra, del ciclo de la vida y de una fecha en el tiempo, en contraposicón al tiempo eterno y cíclico de la eternidad [al cual corresponden las piedras, también tratadas con humo]”. A su lado se encuentran las obras que registran la profundidad, el misterio del mar y de la luz,“enfrentando todo este mundo pétreo, geológico marino y botánico, a la representación, el símbolo de la ruina de una gran cultura, de un imperio, en este caso, la ruina romana sumergida en la costa de Francia”, continúa La Padula.

Por último, ubicada en una sala más pequeña y sin ventanas, hacia el fondo de la galería, una mesa iluminada desde abajo con tubos fluorescentes representa el espacio “donde todo se mezcla. Cuando estos productos salen de ese campo natural se disponen en una mesa de investigación y se empiezan a buscar relaciones insospechadas entre los distintos cuerpos de elementos”. Estas piezas son las que luego, en el taller, el artista comienza a catalogar, organizándolas en lo que denomina una “narrativa” que les otorga sentido, pero buscando modos de hacerlo sin racionalizar ni estetizar el material, más bien produciendo un registro sin generar una postal del paisaje ni un estudio biológico. “Todas las plantas que están acá herborizadas son yuyos que tal vez no tengan ningún interés botánico a esta altura, pero sí tienen un interés a partir de mi experiencia con esa planta. Entonces, creo que la narrativa plantea cómo articular estos fragmentos… para construir una poética que dé cuenta de una experiencia subjetiva en el mundo natural… Las capturas de los elementos responden estrictamente al encuentro azaroso de mi persona caminando por el territorio sin ruta previa, el encuentro con aquello que tiene un eco y me produce una vibración. Puede ser una planta gigante y opulenta o puede ser un pequeño yuyo… Ahí paro y trabajo, hago la captura, la recolección o el registro de ese momento. Es muy importante el momento de ese encuentro porque tanto el artista como el biólogo parten de fundirse con la experiencia, que es parte de algo que te captura… Yo quiero rescatar ese momento previo a la construcción de todo paisaje disciplinar”.