Sueño sólido
Nicanor Aráoz
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
30.10.20 | 28.02.21

Con curaduría de Lucrecia Palacios, Sueño sólido, de Nicanor Aráoz (Buenos Aires, 1981), reabrió a fines de 2019 la sala H del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dedicada a visibilizar voces jóvenes del arte contemporáneo argentino. El artista realizó una instalación específicamente para esta sala, compuesta por cuatro grandes piezas que dan forma a un paisaje donde “conviven en el espacio la capacidad rehabilitadora de una floración, la delicadeza de la cerámica o la emotividad de la música vintage de una rockola con las energías destructivas de los tornados, la violencia de la guerra y la agresividad del material sintético, tal como es el poliuretano”, describe la curadora.

Ultramundo toxígeno. Mi Cristo roto, una de las grandes esculturas en la sala, asemeja una gran flor y cada uno de sus 38 pétalos de poliuretano la forma y el tamaño de un cuerpo humano. Vista “de espalda”, el artista destaca que se parece a “un samba de cuerpos”, refiriéndose al clásico juego mecánico de plataforma giratoria. En la versión de Aráoz, el círculo se encuentra atravesado por una cadena de luz de neón blanca que enlaza a otra de las piezas, esta se retuerce desde el techo en tonos rojizos, sin llegar a tocar el suelo, formando un gran órgano, acaso un corazón, de látex, suspendido en la sala. Ese corazón, que Palacios llama “tornado”, forma parte de Nebulosa rata frita, una obra que continúa, más adelante, sobre una pasarela blanca que imita la forma de exhibición de las grandes tiendas. Como si se tratara de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección, su superficie combina objetos de diferentes fuentes que reúnen referencias al mundo de lo natural, a las artes marciales japonesas y a la cultura del consumo: una pieza de cerámica, una flor, una máscara para la práctica de kendo y una moto sueca del año 1989. La aparición de la moto está inspirada en la escena de escape de la película Demons (Dèmoni, 1985, Lamberto Bava), en la cual dos personajes huyen de la furia asesina de un guerrero enmascarado en un vehículo similar exhibido, en la ficción, en el hall de entrada de un cine. Las referencias a la cultura pop siguen en Calabozo rata frita, una instalación de cinco cadenas de neón blanco que caen verticalmente desde el techo hasta el piso encerrando un espacio vacío. La obra recrea en el espacio físico una imagen 3D digital que funcionó como fondo de pantalla de la serie de videojuegos Mortal Kombat, desarrollada a partir de 1992. A través de figuras quietas, pero que parecen encontrarse en estado de permanente metamorfosis, remite al encadenamiento de sentidos, al movimiento y a un constante proceso de regeneración.

Las cadenas constituyen un motivo que se repite y se regenera a lo largo de la obra de Aráoz, aludiendo, por un lado, a los procedimientos de asociación de sentido que plantea Sigmund Freud en La interpretación de los sueños, al tiempo que dan cuenta del interés del artista por las figuras barrocas y por el exceso. Con respecto al material con que están construidas −el neón−, afirma que uno de sus principales atractivos consiste en lo artesanal de la técnica y que se trata, además, de “un material muy connotado en la historia del arte [del siglo XX]; uno de los materiales más fuerte en la visualidad de las obras de arte de los 60”, dando lugar, por ejemplo, a una “pelea en la que [Gyula] Kosice disputa con Mario Merz haberlo utilizado primero”, agrega la curadora. Suavemente, como se apoya la flecha, la cuarta pieza, instala una rockola rodeada de una gran estructura inflable y blanda de plástico transparente. En cuanto dispositivo tecnológico, la rockola −al igual que el samba, el neón o la moto− pertenece a la cultura de una época ya pasada. Los y las visitantes pueden sin embargo accionarla para reproducir el “arca de Noé de discos” del artista, sus propios CD musicales. Este “arca” (Aráoz) reúne una historia de la música electrónica, otorgando al espacio exhbitivo una ambientación de rave o fiesta techno de comienzos de los años 90, evocando un estado de trance y de la fiesta como “utopía comunitaria”, una idea hoy casi tan obsoleta como la rockola o como el disco compacto. A través de la música y la fiesta, sin embargo, el cuerpo se embriaga, se deshace y se recompone, enfrentándose a diferentes procesos de transformación.