Hotel Palmera
Matías Duville
Colección Amalita
20.11.20 | 28.02.21

Matías Duville (Buenos Aires, 1974) presenta en Colección Amalita una serie de nuevas instalaciones inmersivas especialmente creadas para las salas del primero y segundo piso de la institución. Con curaduría de Gabriel Pérez-Barreiro y Lara Marmor, bajo el título Hotel Palmera, propone un recorrido dividido en cuatro sectores que comienza con cinco grandes “Pinturas de sala” (2011-2020) y finaliza en un “Muro de dibujos” sobre distintos soportes realizados entre 2003 y 2019. La muestra invita al público a sumergirse en diferentes paisajes atemporales, “mezcla de una geografía real y otra ilusoria” −resumen los curadores− acompañado de una instalación sonora (Hotel Palmera, 2020) compuesta por Centolla Society, el proyecto musical que el artista desarrolla con su hermano, Pablo Duville. Un cuento del escritor César Aira a propósito de la exposición completa de la muestra.

El texto curatorial describe el punto de partida de Hotel Palmera como “una sala formada por [cinco] enormes pinturas hechas con acrílico e incisiones realizadas por un martillo sobre el aglomerado. Estas huellas, hechas por la cara de la herramienta, dan forma al paisaje y a su vez penetran en la realidad objetiva (la madera) para atravesar la superficie y entrar en la ficción”. De fondo negro y profundo, estas obras representan paisajes nocturnos en que las incisiones, además de mostrar la madera desnuda, se asocian inmediatamente con la imagen de un cielo estrellado. Más adelante y en el centro de la sala, le sigue Un fondo en cumbre (2019-2020), una instalación formada por un suelo blanco de sal y un grupo de esculturas de hierro que se reclinan sobre el fondo o se erigen evocando la imagen del anzuelo clavado en la arena oxidado por la sal del agua marina. La obra parece remitir al océano, pero también a los objetos devueltos a la costa después de siglos de mareas y corrientes. A continuación, Hogar interior (2020) vuelve sobre la estrategia de Hogar (2012), en que el artista trazó la planta de una casa en medio del campo y luego ubicó las paredes en forma horizontal, recostándolas sobre el pasto. La operación parte del dibujo para crear un espacio ficticio en el paisaje que fusiona el interior y el exterior de una vivienda, concentrando en una capa de sentido los conceptos de superficie y la profundidad. En esta nueva obra, una plataforma estructural se levanta del suelo recubierta por una alfombra roja. El color contrasta contra el piso de madera de la sala a unos treinta centímetros de altura, como si se tratara de un proscenio, pero también se hunde como si quisiera formar una pileta rectangular. En el fondo de esa “pileta”, sin embargo, no hay líquido, sino un Collage (2001-2016) que combina papel esmaltado, fotografías y resina ionizada. Una pequeña escultura de bronce (Upper, 2019) se ubica sobre un borde, como observando las ondulaciones del agua ausente o las sombras del cerramiento que se proyectan en la superficie alfombrada. En el perímetro de este sector, sobre las paredes, una serie de pinturas de gran formato en sanguina sobre papel, agrupadas bajo la denominación “Travelling rojo” completan la imagen de tonos carmesí que se expande en el espacio. Por último, las paredes del segundo piso que balconean sobre la sala reúnen una obra en video (Noche Touch, 2015) y una selección de 137 dibujos del artista, que, según Aira, “han venido acumulándose, o plegándose, en mi imaginación, donde parecen haber encontrado un puerto, o una puerta. Un software de níquel en números romanos los transforma en objetos tridimensionales”.

El texto de Aira asocia la imagen de un avión cruzando el cielo con el espacio impersonal del aeropuerto y del hotel de pasajeros, ya que “hay un conjunto de elementos comunes: el viaje, la distancia, el poner la vida en manos ajenas. Desde el día a día cotidiano se los ve a través de la lámina de la huida o la ensoñación. El avión como avión de juguete, el hotel como casita en el árbol. Un mazo de imágenes delgadas entreabierto por el aire, el espacio representado y presente a la vez, una transparencia que vence todos los obstáculos”. Podríamos deducir entonces que esta “transparencia” habilita lo que el equipo curatorial define, refiriéndose a Duville, como el “vasto terreno de la ficción”, en el que el artista se encuentra con el escritor.