Deshuesado
Carlos Herrera
Ruth Benzacar
28.09.20 | noviembre 2020

Carlos Herrera (Rosario, 1976) presenta en Ruth Benzacar Deshuesado, donde reúne una selección de sus trabajos de los últimos dos años. De entrada, a cierta altura, El tormento (2019), una rosa de metal con su tallo espinoso y largo incrustado en el muro sale horizontalmente en ángulo de 90 grados de la pared. A continuación, un cortinado hecho de finas tiras de tela negra hace las veces de “puerta” de ingreso a un recinto rectangular delimitado en todo su perímetro por esas mismas tiras cayendo perpendiculares al suelo. Como si se tratara de rejas, encierran la pieza principal de la muestra, El éxtasis (2019), un ramo invertido de crisantemos marchitos atado por sus tallos sobre un soporte de tres patas de hierro apoyadas en el piso y una cuarta, pintada de rojo, que se levanta como pateando el aire. Al costado, una pila de círculos de metal, imperfectos, representan el tórax de san Francisco, tal como lo imagina el artista frente a imágenes de la escultura de origen jesuita El éxtasis de san Francisco de Asís (ca. 1600), instalada en el convento de la orden en la ciudad de Santa Fe. La varilla roja, presente también en otras obras de la muestra, hace referencia al modo en que recibió los estigmas el santo; cuenta el artista: “Cristo vuela con alas de mariposa y de sus heridas salen rayos que se dirigen a san Francisco, transmitiéndole las llagas”.

Atravesando esta habitación, cinco grandes esculturas de la serie “Lo infiel” (2019), realizadas en varillas de hierro, se encuentran amuradas a las paredes blancas de la galería. Las varillas apuntan hacia el interior del espacio, dibujando en el aire escaleras, camas, tórax y coronas de rosas. Entre estos objetos de líneas duras aparece, en dos ocasiones, material textil: una sábana celeste y una frazada, cuyos colores gastados y marcas de uso sugieren un diálogo con obras previas del artista en las que atados de ropa deportiva y zapatillas remitían a un cuerpo deseado y ausente. Herrera decidió en esta ocasión trasladar ese imaginario a las varillas metálicas para desarrollar lo que denomina “dibujos vacíos”, contornos lineales sin distracciones ni ornamentación. “Fue la manera poética que encontré de alivianar el contenido de esas imágenes que en algún momento para mí fueron potentes”, declara. A pesar de haberlas producido recientemente, se refiere a ellas como el “preludio de un conjunto de conceptos y obras desarrollados en estos últimos diez años”.

Por último, en un borde del salón cuelgan tres obras de su serie “Nocturno” (2020); son tiras de algo más de medio metro que se extienden desde arriba hacia abajo, empezando siempre por un arácnido de cristal engarzado a otras pequeñas piezas de cristal, hueso y coral rojo: cada una representa diferentes partes de cadáveres desmembrados. La última, la inferior, es siempre una cabeza tallada en hueso de cabra. Esta serie se inspira en lo que sucede al morir un animal en el campo, cuyo cuerpo queda a disposición de las especies carroñeras que dispersan los restos. “Recrean esa sensación que producen las arañas por las noches llevándose los cadáveres desarmados”, explica el artista. En el texto que escribió para la ocasión, se pregunta, confundiéndose a sí mismo con sus trabajos: “¿Existe la posibilidad de desaparecer?” Y también se contesta: “Yo estoy seguro de que sí”. En Deshuesado, Herrera convierte su propio imaginario en un esqueleto.