Crear mundos
Muestra colectiva
Fundación Proa
14.11.20 | 28.02.21

Con curaduría de Cecilia Jaime y Manuela Otero, Fundación Proa presenta Crear mundos, una exhibición que reúne y pone en diálogo una selección de obras de más de cuarenta mujeres artistas que han participado de proyectos y muestras en la institución, desde que abrió sus puertas por primera vez en 1996 hasta 2020. La muestra cuenta con la asesoría académica e investigación de la doctora María Laura Rosa.

Creadas desde la segunda mitad del siglo XX hasta años recientes, las obras se distribuyen en cuatro salas en torno a diferentes núcleos o ejes temáticos: Materialidades, Espacio, Lenguaje y Cuerpo, planteando problemáticas que abarcan diversas culturas, y atraviesa de Sudamérica a Europa, de América del Norte a Medio Oriente. El conjunto incluye una variedad de técnicas y soportes contemporáneos, como el video, la fotografía, la instalación y la performance y nos propone reconstruir “parte de la historia de las exhibiciones de Proa con obras de las protagonistas” así como un “paseo por el gran aporte de todas estas obras y artistas –nacionales e internacionales– a la historia del arte”, informa la institución.

Tomando una cita de Staying with the Trouble. Making kin in the Chthulucene (2016), de la teórica feminista Donna Haraway, Rosa destaca la importancia de entender “qué materiales usamos para entender otros materiales, qué cuentos contamos para contar otros cuentos y qué historias hacen mundos”. El recorrido abre con una sala dedicada a “Materialidades”. Comienza con Globe (2007) de Mona Hatoum (Beirut, 1952), cuyo “silencio y soledad” aportan –según observa Rosa– otro “hilo que une las piezas exhibidas”. Continúa con un delantal ilustrado con retratos de mujeres de la historia del arte (Homenaje a mujeres artistas, 2018) de Delia Cancela (Buenos Aires, 1940), un vestido de papel “concebido para una mujer en una pieza de ópera” (Vestuario, 2001-2020) de Mini Zuccheri (La Plata, 1940) y otros objetos que rompen la barrera entre arte y diseño o arte y moda, tales como un ajuar femenino de joyería mapuche curado por Teresa Pereda e Isabel Iriarte y los Arty Shoes (2011) de Dalila Puzzovio (Buenos Aires, 1942). Mónica Millán (San Ignacio, 1960) y Mónica Giron (San Carlos de Bariloche, 1959) presentan piezas textiles para proteger especies en vías de extinción (El vértigo de lo lento, 2002) o remitir a formas del paisaje (Pulóver y medias para cóndor, Colibrí cabeza de granate y Caburé patagónico, 1993). En obras más recientes, como Niñ* (2015) de Mariela Scafati (Olivos, 1973), “se hace presente el debate sobre cuestiones de género” (Rosa). Las Carteras Hermes de tetillas masculinas, Birkin y Kelly (2006), de Nicola Costantino (Rosario, 1964) plantean: “la piel del cuerpo, ¿puede ser usada para confeccionar carteras de lujo?” (Rosa). La pieza Estimate U$S 5.000.000.- Quianlong Vase (1998) de Alicia Herrero (Buenos Aires, 1958) propone a su vez “reflexionar sobre la distancia entre el quehacer silencioso del artista y el espacio creado para su comercialización”.

El itinerario prosigue en la sala 2, donde las obras se vinculan a través de la temática del “Espacio”, sea natural, público o privado; la noción equivale a la de “territorialidad”. En este sector predominan diferentes abordajes críticos “sobre las exclusiones de las mujeres del espacio público y su confinamiento en el privado”. En el centro se levanta la instalación La isla de árboles turquesas (2005-2020), de Marina De Caro (Mar del Plata, 1961), en que, “el absurdo se hace presente” por medio de “un jardín tejido, sin detalles, que toma el control de la sala”. El absurdo está presente también en la película de Rosa Barba (Agrigento, 1972), Outwardly from Earths Center (2007). Ambas dialogan con el género del paisaje que recorren otras obras a lo largo de las paredes, como las dos piezas monumentales de la serie “Boceto para la construcción de un paisaje: la Laguna de Zempoala” (1965-2010), de Ana Gallardo (Rosario, 1958); las documentaciones fotográficas sobre intervenciones de Agnes Denes (Budapest, 1931), pionera del arte ambiental, y las dos fotografías en blanco y negro de la serie “Antártida negra” (2012) de Adriana Lestido (Buenos Aires, 1955). Aquí pertenece también un ensamble fotográfico Sin título (2004) de Cecilia Szalkowicz (Buenos Aires, 1972) que muestra ambientes cotidianos en situaciones inesperadas o enrarecidas. Sobre otra pared pueden verse tres “sombras” de perfil: están pintadas con látex en tamaño real: se trata de la instalación Sin título (sombras) (1969-2020), de Liliana Porter (Buenos Aires, 1941). Marcela Sinclair (Buenos Aires, 1972) presenta dos muebles recortados, despojados de su cualidad utilitaria y transformados en objeto estético de la serie “Through Gordon” (2014). Otras artistas trabajan específicamente con la idea de “territorio urbano”. Es el caso de Gachi Hasper (Buenos Aires, 1966), por ejemplo, que “recupera las imágenes satelitales de la web y les imprime su biografía” en las piezas Once y Abasto (2001), Mi analista (2005) y Mi taller (2008). A este grupo corresponde también la instalación Debo entrar, la niebla está subiendo (2020) de Gabriela Golder y Mariela Yeregui (Buenos Aires, 1971 y 1966) sobre la fachada de Proa21, en que las artistas toman un fragmento poético de Emily Dickinson para realizar un cartel de neón y “dar luz en la noche” y el cartel Looming (1964) de Jenny Holzer (Gallipolis, 1950) instalado sobre una pared oscura en el interior de la sala.

En su sala 3, Crear mundos propone un conjunto de obras en torno al “Lenguaje”, que considera “un mecanismo que organiza lo visible, moldea la realidad, nombra cosas y subdivide el mundo en unidades dotadas de un significado específico”. Aquí pueden verse tres óleos (At last a man, 1965; Sin título, ca. 1970-75 y Sin título, ca. 1970-75) de Sarah Grilo (Buenos Aires, 1919 – Madrid, 2007), “una de las pioneras al incorporar en sus pinturas signos numéricos y textuales que recrean los carteles y grafismos urbanos”. La selección incluye una documentación fotográfica de la acción Leyendo las noticias (1965), de Marta Minujín (Buenos Aires, 1941), en que la artista “se envuelve a sí misma en periódicos para sumergirse luego en el Río de la Plata hasta que estos se disuelven en el agua[:] una reflexión sobre cómo las noticias se construyen, invaden y se esfuman”. Margarita Paksa (Buenos Aires, 1932-2020) se enfoca también en el funcionamiento de los circuitos de comunicación. Aquí se expone Pisa Fibonacci II (2009), un mural de tubos fluorescentes en vertical regidos en su encendido por una secuencia matemática. Otros trabajos se concentran en los dispositivoscaligráficos, como los de Mirtha Dermisache (Buenos Aires, 1940-2012), que construyen escrituras y grafismos que, sin llegar a leerse, reflexionan sobre los dispositivos visuales de la letra y su legibilidad. Por su parte, Inés Drangosch (Buenos Aires, 1956), a partir de una selección de textos poéticos, arma “mapas conceptuales y visuales apropiándose de palabras para configurar sus imágenes”. Otras artistas hacen foco en la escritura concebida desde su materialidad: Los gestos textiles (2020), de Julia Masvernat (Buenos Aires, 1973), por ejemplo, son una selección de frases encontradas “que se resignifican al ser colgados en un contexto específico”. Leticia Obeid (Córdoba, 1975), por su parte, en su serie fotográfica “El canto de Jano” (2015) toma el soporte libro y el proceso de lectura, “ese momento breve en que se pasa una página, metáfora para entender el paso del tiempo”. Eva Kotátková (Praga, 1982) también parte de libros, collages e instalaciones en que “plantea una crítica a las condiciones restrictivas de los sistemas educativos”. En relación con la circulación de la palabra, una película (The Last Word, 2003) de Shirin Neshat (Qazvin, 1957) denuncia la condición desigual de las mujeres en la cultura iraní. Otras obras presentan situaciones performativas en torno al acto de escribir o hablar. En Poema (1979/2020) de Lenora de Barros (San Pablo, 1953), por ejemplo, “las relaciones entre texto e imagen y sonido e imagen se combinan al accionar con su propia boca una máquina de escribir”. Las Speech Bubbles (2010), o globos de historieta realizados en vidrio soplado por Alejandra Seeber (Buenos Aires, 1969), remiten a “lugares de encuentro, a conversaciones inconclusas, o diálogos interrumpidos”. En la línea de la historieta gráfica, el colectivo Chicks on Comics (conformado en 2008) presenta en ilustración un autorretrato del grupo en pleno acto creativo. “Desde distintas miradas, soportes, técnicas las palabras se escapan del hábitat que normalmente las rodea, para adquirir total autonomía y se convierten en un elemento artístico más, pero a su vez mantienen su poder significante y se potencian, como imágenes creadoras de nuevos sentidos, nuevos mundos”, apunta Rosa.

La sala 4 se organiza en torno a la noción “Cuerpo”. “Aquí las artistas exploran distintas formas de representación para abordar problemáticas y deconstruir cuestiones relacionadas con la identidad, la femineidad, los géneros y sus propias subjetividades. En esta sala, el cuerpo es metáfora, soporte, herramienta y concepto”. Ana Mendieta (La Habana, 1948 – Nueva York, 1985) o Eleanor Antin (Nueva York, 1935) alteran el color del cuerpo o sus facciones “cuestionando los ideales de belleza y binarismos de género”. Vanessa Beecroft (Génova, 1969), en cambio, presenta “los cuerpos hegemónicos de modelos que parecen maniquíes” y con una estrategia radicalmente opuesta aborda y cuestiona temáticas similares. En el ámbito del arte argentino, artistas como Flavia Da Rin (Buenos Aires, 1978) o Guadalupe Miles (Buenos Aires, 1971) “elaboran desde estéticas y obras muy distintas las ideas de autopercepción y transformación de la imagen en la vida contemporánea”. Liliana Maresca (Avellaneda, 1951 – Buenos Aires, 1994), a través de la fotoperformance, “utiliza su cuerpo desnudo como medio y como objeto, camuflándose entre sus propias obras”. También a través de la performance y su registro, Elena Dahn (Buenos Aires, 1980) en Cámara (2017) “explora en un movimiento lento y constante la relación de su propio cuerpo con el material blando y elástico que en un principio la aprisiona y que luego utiliza para buscar formas en el espacio, exhibiendo la fuerza interna de una obra en proceso”. Tracey Rose (Durban, 1974) crea piezas en video vinculadas a su militancia en el movimiento black feminism y Rosemarie Trockel (Schwerte, 1952), también videasta, “recurre a las máscaras de animales y a la trama, superponiendo el dibujo a las imágenes [realistas registradas por la cámara]”. Aili Chen (Taipéi, 1971) presenta un video de animación (Sin título, 2005) en que “una niña simultáneamente atrapada y protegida por su pelo intenta escapar en un loop interminable”. Hacia el final, la obra de Louise Bourgeois (París, 1911 – Nueva York, 2010) invita a reflexionar sobre la maternidad, “como concepto asociado a lo femenino y en relación con la historia del arte”. En la muestra, Pregnant Woman (2003) y The Birth (2007) presentan el culto a la Diosa Madre y aluden, respectivamente, a las venus paleolíticas y “a la pulsión de vida y muerte del momento íntimo del nacimiento”. La animación de Nathalie Djurberg (Lysekil, 1978) Denn es ist schön zu leben (Porque es lindo vivir, 2005) presenta un universo “aparentemente inocente que rápidamente se transforma en una pesadilla de esclavitud sexual y liberación femenina”. Las esculturas en pasta de papel y estuco de Elba Bairon (La Paz, 1947), figuras blancas y sin rasgos, “suspendidas en el tiempo” –dice Rosa– se levantan en la sala como caminando en silencio entre las obras a su alrededor.