Alberto Greco: ¡Qué grande sos! | la pittura è finita. Poses e imposturas de Alberto Greco en Italia
Alberto Greco
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires | Galería Del Infinito
08.04.21-01.02.22 | 06.04.21-15.06.21

Con curaduría de Marcelo E. Pacheco, María Amalia García y Javier Villa, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires presenta Alberto Greco: ¡Qué grande sos!, la primera retrospectiva del artista (Buenos Aires, 1931 – Barcelona, 1965) producida en la Argentina. La exposición resulta de la investigación que desarrollaron Pacheco y García para el libro homónimo publicado en 2016, impulsada por la directora del museo, Victoria Noorthoorn, desde el comienzo de su gestión. Organizada en torno a tres núcleos conceptuales: “Viva el arte vivo”, “La pittura è finita” y “La Orden de Greco”, cuenta con un diseño museográfico a cargo de Daniela Thomas, Felipe Tassara e Iván Rösler. “Bajo la mirada de este gran equipo, la sala del museo deviene escenario; las pinturas y los dibujos se liberan de la noción de fetiche y contribuyen a presentar a Greco en movimiento, inaugurando una nueva forma de acercar su vida y su obra a los jóvenes que no lo conocieron”, sostiene Noorthoorn.

Paralelamente, la galería Del Infinito exhibe una selección de 24 fotografías inéditas, curada por Fernando Davis, que documentan el paso de Greco por Italia entre julio de 1962 y enero de 1963, pertenecientes al archivo del fotógrafo italiano Claudio Abate (Roma, 1943-2017). En Roma, Greco lanzó su Manifiesto vivo-dito (1962) y realizó Cristo 63 (1963) junto a Carmelo Bene y Giuseppe Lenti en Al Teatro Laboratorio, entre otras acciones. Por esos años, Abate trabajaba para la revista cultural Sipario, “convirtiéndose en testigo del teatro de vanguardia… De 1963 son algunas fotografías tomadas durante la representación de Cristo 63. El espectáculo provoca el cierre definitivo del Teatro Laboratorio y la condena in absentia de Carmelo Bene, debido a que Giovanni Apostolo (Alberto Greco) orinó sobre la cabeza del embajador argentino. En aquel momento, las fotografías de Abate fueron la prueba decisiva para la absolución del director [Carmelo Bene]” −informa la galería−.

Definido por el museo como una de las “figuras catalizadoras del arte contemporáneo en la Argentina”, Greco desarrolló un rol central en el contexto de “las rápidas transformaciones que se produjeron en el pasaje de la pintura informalista al objeto y a la acción, por lo que generó una gran apertura del horizonte artístico para todas las décadas que le sucedieron”. La puesta en el Museo de Arte Moderno abarca más de 100 piezas de su legado, incluye una selección de obras, reconstrucciones de archivo y algunos de sus “episodios ciegos”. Así denomina el museo a obras o acciones claves de su desarrollo artístico “que solo han permanecido en la memoria de testigos y de las que no existe registro visual”. Con la intención de “mostrar un Greco vivo y aún presente en nuestra comunidad cultural”, la institución convocó a un grupo de artistas contemporáneos para recrearlas: Joaquín Aras, Guillermina Etkin, Sebastián Gordín, Daniel Leber, Agustina Muñoz y Paula Pellejero. 

El primero de los núcleos corresponde a la definición que sostenía en su Manifiesto vivo-dito: “el arte vivo es la aventura de lo real”. Por lo tanto, con la idea de refundar la realidad como una aventura que merecía ser percibida nuevamente, Greco comenzó a señalar a las personas rodeándolas con un círculo de tiza y a firmarlas como obras de arte; a este tipo de acciones las llamó “vivo-ditos” (dito es dedo en italiano). De esta manera, “transformó las más diversas situaciones urbanas y rurales en nuevos soportes de experimentación y amplió la circulación de lo artístico a nuevos públicos”. Su experimentación buscaba “desjerarquizar el arte, disolverlo en la realidad y fusionarlo con la vida”. Aquí se exhibe también el poemario Fiesta y la novela Besos brujos, respectivamente primera y última de sus piezas literarias. En el mismo sector, una decena de tintas se alternan con documentación de los vivo-dito, “para así generar una continuidad entre su escritura, sus dibujos y sus trazos en lo real”. Por último, se incluyen también “diversas formas que Greco utilizó para autoproclamarse como obra de arte, desde las tarjetas personales Alberto Greco. Objet d’art, a los carteles Alberto Greco obra fuera de catálogo, y la última inscripción que hace sobre su cuerpo –en 1965 escribe la palabra ‘FIN’ sobre sus brazos y se quita la vida−”. El juego con su nombre –continúa el museo– “parodiaba la centralidad de la firma en el sistema del arte y, a su vez, era funcional a la invención de personajes autorreferenciales”. La museografía de la exposición repone este aspecto al presentar sobre las paredes reconstrucciones de los afiches en que incluía siempre su nombre, acción que comenzó en 1961, cuando empapeló la avenida Corrientes y, a partir de la cual, “no paró de estampar su firma en los muros urbanos. Sus trazos comenzaron a escapar de la tela y del papel para volverse de tiza sobre el pavimento y refundar un arte unido a lo real”.

El siguiente núcleo, “La pittura è finita” –el título de la muestra en Del Infinito–, dispone en un gran círculo central un conjunto de pinturas negras provenientes de colecciones públicas y privadas de Buenos Aires, incluidas las obras monumentales de Greco del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y del Museo Nacional de Bellas Artes, poniendo en escena “el monocromo en tanto límite de la pintura como desarrollo moderno”. En estas obras en que “no hay formas coloridas en la superficie, se agota el lenguaje de la pintura y se inicia la búsqueda del artista por fuera de los límites del marco” −explica el museo−. Greco “intensificó esta orientación hacia el exterior del cuadro incluyendo elementos de lo real: orinaba sus pinturas y las dejaba a la intemperie para que la lluvia y el hollín de la ciudad las alterara”. Solía decir, además, que “a los cuadros primero hay que ponerles la oreja, hacerles decir treinta y tres y luego mirarlos”, aludiendo nuevamente, de esta manera, “a la transformación del arte en algo vivo”. Dos hechos precisos marcan la crisis de la pintura en su obra a mediados de los años 50 cuando intentó, por un lado, “exhibir seis cartulinas de color –productos industriales ya existentes y sin intervención manual– como obras de arte” y, por otro, “la realización azarosa de pinturas con huevos cargados de tinta lanzados sobre la tela”. En la muestra, sobre las espaldas de los cuadros en círculo, “pueden verse [también] los vivo-dito con los que Greco declaró la muerte de la pintura, armado con una tiza: «La pittura è finita» (La pintura está terminada)”.

El tercer núcleo, “La Orden de Greco”, reúne y documenta las acciones comunitarias que el artista gestionó de diferentes maneras a lo largo de su vida: “Organizaba exposiciones y eventos con artistas de diversos países y condecoraba a aquellos que eran dignos de formar parte de la [O]rden de Greco, como la coronación de su gran amiga Lila Mora y Araujo. Lo comunitario no se limitó al ámbito artístico: la astrología, la espiritualidad y las tradiciones y costumbres populares tuvieron un lugar clave en su cosmovisión. Greco hacía de su sensibilidad una religión: la magia, el ocultismo y la videncia formaban parte de sus dones e intereses (siempre citaba a Enrique Santos Discépolo: ‘¡ah, si pudiera vivir sin presentir!’). El pueblo, los trabajadores y las trabajadoras fueron protagónicos en sus señalamientos de arte vivo. El impacto que tuvieron sus viajes por el interior de la Argentina se consumaron en el gran ritual comunitario que fue su intervención en Piedralaves (una aldea rural en Ávila, España), la que firmó como obra y a la que declaró capital internacional del grequismo”.

La exposición cierra en una sala oscura del primer piso iluminada con proyecciones en gran escala de fotografías tomadas por Montserrat Santamaría que registran su acción en la aldea de Piedralaves, la “más vasta e integral de arte vivo” −declara el Moderno−. Allí se fundió con la comunidad local, interactuando con el lugar y sus habitantes. “Estoy preparando un largo rollo de unos 300 metros por 10 cm con las últimas fotografías. Aquí firmé todo un pueblo, con todas sus gentes”, escribió Greco en una de sus cartas. Las treinta imágenes conforman un “testimonio de la interacción y producción comunitaria de Greco allí. En la elección de este poblado español resuenan los paisajes y las personas que conoció por el interior de la Argentina en sus recorridos iniciáticos. En esta exposición, estas fotos de Piedralaves se ven de una forma inédita gracias al dispositivo que permite percibirlas a escala humana y que habilita el recorrido del visitante como si caminara por la aldea y fuese parte de la escena”.

Otro grupo de artistas argentinos contemporáneos fue convocado para la reconstrucción de la acción que Greco realizó en Nueva York en 1965, donde reunió trabajos de Christo, Allan Kaprow, Claes Oldenburg y Man Ray, entre otros, y organizó una rifa utilizando los lockers de la Estación Central de esa ciudad. Repartió las llaves entre el público y cada participante abrió su locker para encontrar, o no, una obra como premio. Reactualizando esta acción, el Museo Moderno “recupera el sentido comunitario de Greco como activador de instancias sociales de interrelación creativa. En cada tómbola, los asistentes ganadores se llevarán una reproducción (serigráfica o fotográfica) de una obra de la colección del museo”. Intervienen en esta rifa obras de Bruno Dubner, Tomás Espina, Ana Gallardo, Verónica Gómez, Marie Orensanz, Andrea Ostera, Luis Pazos, Hernán Soriano, Cecilia Szalkowicz y Pablo Ziccarello. Paralelamente, tanto artistas como público general participarán en la producción de vivo-ditos en las diversas ciudades del país y también en la confección de un rollo comunitario, haciendo referencia al Gran manifiesto-rollo arte Vivo-Dito (1963) que Greco activó con la comunidad de Piedralaves, y luego exhibirá los resultados de esta acción colectiva actual.