Lo que pasó en la Navidad de 1980
Santiago Villanueva & Paula Castro
Isla Flotante
13.03.20 | 20.04.20

Paula Castro (Buenos Aires, 1978) y Santiago Villanueva (Azul, 1990) presentan en Isla Flotante Lo que pasó en la Navidad de 1980, una muestra inspirada en el hurto que, durante la Nochebuena de aquel año, sufrió el Museo Nacional de Bellas Artes, hecho “bastante especial –apuntan los artistas− porque las obras fueron robadas por el mismo gobierno”. La gacetilla que provee la galería especifica: “esa noche se llevaron 16 obras y 7 objetos de la colección Santamarina, solo dos pequeños cuadros no pertenecían a ella: un boceto de Un episodio de la fiebre amarilla de [Juan Manuel] Blanes y un [Valentín] Thibon de Libian”, que carecían de valor de mercado. La sala en que se encontraban estaba principalmente dedicada a piezas del período impresionista francés e incluía pinturas de Paul Cézanne, Auguste Renoir y Paul Gauguin, entre otras. Una de las principales hipótesis respecto del móvil del hurto sostiene que las obras fueron cambiadas a Taiwán por armas para sostener los últimos años de la dictadura, iniciada en 1976 con la presidencia de facto de Jorge Rafael Videla, la cual finalizaría en 1983. La muestra no aspira a una reconstrucción documental de los hechos; se propone como una ficción y remarca cómo el patrimonio de un museo nacional puede tergiversarse cuando su utilización se aleja de los objetivos iniciales de la institución.

Bajo una luz violácea que genera un clima artificial de nocturnidad, la muestra en Isla Flotante está pensada en dos espacios divididos por una tela que cuelga del techo y establece una barrera visual. Villanueva dice que originalmente pensaban reunir de un lado “los documentos, archivos o cuestiones relacionadas con lo fáctico del robo y, en una segunda estancia, la parte ficticia o derivativa; [aunque] finalmente eso se mezcló”.
En el lado “fáctico” de la exposición, se exhiben tres libros: Delitos contra la propiedad, de Laura Damianovich de Cerredo, “la única jueza en la historia de los tribunales argentinos destituida por haber asistido a sesiones de torturas a detenidos” (Horacio Verbitsky, Página 12, 05.04.15), a cargo de la causa del robo en 1980; el catálogo de la exposición El Oro de Colombia, que tuvo lugar antes del hecho y requirió la contratación de una empresa privada de seguridad que contaba con los datos de acceso al edificio; y el catálogo de la muestra Surrealismo en la Argentina (Instituto Di Tella, 1967), que abre la posibilidad de “unir diferentes partes” sin seguir una lógica racional. Castro creó, junto a Villanueva, las estructuras que funcionan como bases o exhibidores y un conjunto de esculturas inspiradas en las piezas robadas: Jarrón-muleta (2020), que se apoya contra una pared, y Florero andador (2020), “una estructura de hierro aleteado” −describe la artista−. Se pueden observar también dos tipos de objetos con forma de espiral −líneas verticales y horizontales hechas de puntos se extienden a lo largo de tres de las paredes, cada punto es, en realidad, un espiral para ahuyentar mosquitos; y tres conos espiralados ocres que cuelgan del techo, inspirados en objetos rituales de templos asiáticos−, forma en la que conviven, entonces, el espacio doméstico y el religioso.

Sobre dos paredes adyacentes de la galería, una serie de fotografías conforman una cuadrícula. El conjunto continúa el trabajo que Villanueva realizó para su muestra anterior, Las personas habitan sus biografías como habitan sus casas (Isla Flotante, 2018), donde podía verse, entre otras obras, una serie de fotos tomadas en casas-museo. El artista considera que ese formato exhibitivo podría constituir una alternativa al museo nacional. En esta ocasión agrega imágenes de otro tipo de museos, de salas de espera y, para incluir lo que define como “una proyección más ficticia”, fotografías de casas donde podrían hallarse, quizá, las obras robadas. “La muestra abre el deseo hacia otras formas de museos, que no intenten representar territorios o naciones, que no acepten sostener y guardar el gusto de los ricos como si fuese algo de todxs, sino formas de vida, museos particulares que no representan sino solo muestran, museos que son más mesas, que su pretensión es la de ser lo menos posible”, sigue la gacetilla. La casa-museo aparece entonces paradojalmente como deseo, pero habilita también una sospecha sobre el destino de las piezas.

En la cuadrícula que forman las fotografías, “hay un faltante, que se puede pensar en relación al robo” –dice Villanueva−. La foto se encuentra a la misma altura del espacio vacío, como proyectada, en la pared opuesta: es una imagen que reproduce Un episodio de la fiebre amarilla. Esta versión no corresponde a la pintura original ni al boceto robado, sino a una tercera versión que integra la Wellcome Collection de elementos y objetos médicos. Con este gesto, la muestra se detiene a señalar un enigma, ya que, a pesar del exiguo valor del boceto, el paradero de la pieza permanece desconocido. Sobre el piso de cemento, una escultura −obra de Castro− sintetiza en caña y otros materiales el cuerpo de la mujer que muere de fiebre en el cuadro de Blanes. Sobre el piso también, cerca de las fotos, pueden verse ejemplares de un fanzine que los artistas realizaron interviniendo los expedientes que redactó la Secretaría de Cultura en 2002, año en que tres de las obras sustraídas fueron devueltas al MNBA. “Esa publicación tiene mucho material que recopilamos durante la investigación que hizo Julián Sorter: incluye artículos de prensa, chistes, imágenes que tenía el museo, partes del libro Pasaporte al olvido de Patricia Martín García (2013) −escrito para realizar una película documental sobre el robo, que finalmente no se concretó−. La publicación combina el discurso burocrático con una estética de fanzine punk de los años 80”.