La vida de las pinturas
Paola Vega
Calvaresi Contemporáneo
19.03.20 | 22.05.20

Con curaduría de Jimena Ferreiro, Paola Vega (Buenos Aires, 1978) presenta su primera muestra en Calvaresi Contemporáneo, donde ambientó el espacio exhibitivo a la manera de un living, “en clave de estilo de los 50 –el mismo que transformó muchos de los hogares de clase media de la ciudad—”, apunta la curadora. Vega, por su parte, viene realizando, paralelamente al desarrollo de su obra, una investigación histórica que incluye la compilación y exhibición de retratos de artistas en su taller. Esta pesquisa con el tiempo se concentró en buscar imágenes de mujeres, ya que “la mayoría de las veces sus protagonistas eran artistas varones” (Ferreiro).

El espacio exhibitivo de La vida de las pinturas –así se titula la exposición− combina su propia producción con objetos y muebles, a los que suma piezas de Omar Schiliro (Buenos Aires, 1962-1994), su “artista invitado”. Cabe recordar que Vega fue curadora, junto a Cristina Schiavi, de Ahora voy a brillar, la retrospectiva de la obra de Schiliro en Colección Amalita (2018). En esta ocasión, la artista expone una serie de naturalezas muertas de pequeño formato, el género ornamental que supo convivir con los entornos domésticos, con sus “aparadores con fondo de espejos con perspectiva infinita donde se disponían simétricamente las tacitas y teteras, algún portarretrato y souvenirs de las efemérides sociales y familiares”, señala la curadora. El texto de Ferreiro subraya que en este contexto la naturaleza muerta o bodegón formó parte de una “pintura de lo íntimo; que habilitó la llegada de la mujer a la pintura y constituyó su dominio expresivo”. Y en este sentido, Vega le declara por escrito su amor en una de las obras: “Amo a la pintura”, en letra cursiva, entre bananas, uvas y naranjas, un gesto que procura delinear su “zona de autonomía: su propio reino” (Ferreiro).

Adentrándonos en la exposición, una extensa pared está cubierta con cuatro óleos de gran formato, de colores casi transparentes en los que ya no se distinguen motivos reconocibles. La superficie pictórica simula una bruma o nube envolvente que parece haber diluido la pintura para ocupar telas de grandes dimensiones que contrastan con la solidez y el marrón de los muebles que supieron forjar el gusto de una época.