Vivir así: sin palabras
Max Gómez Canle
Ruth Benzacar
07.03.20 | 25.04.20

A un año de la inauguración de su primera muestra antológica en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (El salón de los caprichos, 2019) y a casi tres de la presentación de su libro MGC (Ruth Benzacar Ediciones, 2017), Max Gómez Canle (Buenos Aires, 1972) abrió una nueva exposición en Ruth Benzacar. En esta ocasión, las paredes de la sala permancen vacías. El artista utiliza un soporte nuevo para su obra: el adoquín del empedrado urbano, que esparció en el piso de cemento alisado.

Grises sobre el fondo gris, los adoquines pintados se apoyan duros contra el suelo. Los y las visitantes (cabe destacar que la inauguración tuvo lugar antes de la cuarentena general) de Vivir así: sin palabras –título y única textualidad respecto de la exposición− deben escrutar atentamente el piso al recorrer las piezas. “Hay una imagen muy urbana, de muchos lugares −apunta el artista−, que es la del adoquín cuando está húmedo y refleja el cielo o parte de la ciudad”. Pero también hay una mirada más detallista, “como cuando vas juntando piedras en un arroyo, caracoles en la playa u hongos en el bosque −sigue Gómez Canle−; una forma de ensimismamiento y de recorrido que para mí tenía que ver con una confianza en lo puramente visual. Entonces decidí hacer este montaje en el piso y sin ningún elemento extraño a la obra”.

El artista continúa su exploración de la historia de las imágenes, centrada sobre todo en el imaginario alrededor del Renacimiento. Cuenta que busca “en ese image bank de la historia de la pintura”, las representaciones y las técnicas que necesita para desarrollar sus propios relatos. “Traigo una historia tecnológica de la pintura y una historia de la imagen, de cómo en esa pintura figurativa se fue formando nuestra relación con la imagen y con la mirada”.

Sin embargo, la utilización de la piedra como soporte pictórico tensa por un lado sus referencias hacia atrás, hacia las cavernas, vinculándose de esta manera con la historia de la pintura anterior al período renacentista y situando esta serie de obras entre lo que él llama “la ficción de la pintura” y el resto arqueológico que constituye la piedra. “Este objeto tiene una historia geológica en cuanto piedra y artesanal-cultural en cuanto que fue tallado en un momento por una persona que tenía ese oficio. Después fue utilizado para el pavimentado público de la ciudad y ahora tiene el uso acumulado”. Ese uso provoca un segundo pulido, más orgánico, resultado del pasaje de los carros, los caballos, las personas y los automóviles. Ese lado o lados –a veces son dos− es el que Gómez Canle utiliza para pintar. Por su lugar en la historia de la urbanización, el adoquín funciona a su vez en el sentido de la figura geométrica que el artista solía incluir en sus paisajes. “Eso que en otras pinturas mías está velado por detrás de la geometría, que es la presencia de lo racional, en este caso está en el soporte y son estos bloques que forman parte de la ciudad y tienen inclusive su uso, su huella, el gastado”, sintetiza el artista.

De lejos, estas obras conforman un paisaje. De cerca, se observan pequeñas figuras o estampas en cada una de las piezas. “A diferencia de otras pinturas en que hay un panorama entero y que son obras muy autocontenidas; en este caso son mucho más recortadas, como si fuesen detalles de escenas mucho más grandes”. Gómez Canle juega con el “fuera de campo”, como si se tratara de una película y propone “estas pequeñas imágenes como unidades de sentido condensadas y combinables entre sí. Quiero que se comporten como bloques de sentido y que, en el recorrido, uno pueda ir ensamblándolos para terminar de armar un relato propio”.

Contenido producido por arteBA. Memoria anual de arte argentino contemporáneo.