Flamenca
Emilia Gutiérrez
Cosmocosa
08.11.19 | 18.12.19
Emilia Gutiérrez, Flamenca, 2019, vista de exhibición en Cosmocosa. Ph: Gentileza de Cosmocosa

Con curaduría de Rafael Cippolini, Cosmocosa presenta una exposición antológica de las pinturas de Emilia Gutiérrez (Buenos Aires, 1928-2003), alias Flamenca o La Flamenca. El título de la muestra, tomado directamente del apodo de la artista, alude a sus elecciones cromáticas: “los derivados del verde, las distintas intensidades de las familias del azul y las reacciones de esa tonalidad que llamamos caoba”, enumera el curador, que coinciden –y no por casualidad− con los tonos que más utilizó la escuela flamenca.

Emilia Gutiérrez, Flamenca, 2019, vista de exhibición en Cosmocosa. Ph: Gentileza de Cosmocosa
Emilia Gutiérrez, Flamenca, 2019, vista de exhibición en Cosmocosa. Ph: Gentileza de Cosmocosa

Gutiérrez realizó siete muestras individuales entre 1965 y 1975. La primera inauguró en Galería Lirolay, a menos de 300 metros del Instituto Di Tella, que presentaba en esos días La Menesunda, de Marta Minujín y Rubén Santantonín. Al poco tiempo, Edgardo Giménez, Dalila Puzzovio y Charly Squirru estrenaban su anuncio ¿Por qué son tan geniales? muy cerca. Cippolini observa, sin embargo, que la obra de Gutiérrez se diferencia radicalmente de la de sus contemporáneos: “mientras los ditellianos marchan al compás del vértigo del presente, las imágenes de La Flamenca se encapsulan, se advierten más centrípetas, más ajenas a ese entorno. No hizo falta que se manifestara desinteresada en la novedad, la inmediatez, la realidad de los medios masivos o la metáfora social; la obra de La Flamenca profundiza lentamente cada uno de los caminos que fue emprendiendo, en dirección única. No es inmune a los imaginarios de la vida colectiva, pero tampoco necesita responderles”.

Emilia Gutiérrez, Extraño Ser, 1974, óleo sobre tela, 60 x 45.5 cm. Ph: Gentileza de Cosmocosa

Mientras sus colegas experimentaban con las imágenes de los medios masivos de comunicación y de la cultura del consumo, Gutiérrez sentía que “nada importante hay en mi vida” y que en los cuadros “está el mundo de la infancia, que no fue muy alegre”, como manifestaba en una de las pocas entrevistas que concedió (“Acuérdate del ángel”, revista Primera Plana, 1 de junio de 1965, citada por Cippolini). La Flamenca retrataba a los personajes de su “novela familiar”: su abuela Esperanza, que la crió junto a sus hermanas, Lida e Ilda, su madre ausente, internada por un cuadro de psicosis y la figura de un hombre, también ausente.

Emilia Gutiérrez, Magia, 1974, óleo sobre tela, 85 x 74.5 cm. Ph: Gentileza de Cosmocosa

La mayoría de sus pinturas llevan al dorso un título y su firma, que muy raras veces ocupa el espacio de representación. Predomina el retrato, “torsos y más torsos”, resume Cippolini. Pueden ser “retratos individuales”, como en el caso de Mimo (sin fecha), “pálido muchacho de sombrero-campana y pañuelo bandolero en cuello; Mujer (1974), cadavérica, ensimismada, rubia, con sombrero negro y abrigo azul; Niña (1973), con un espectacular pañuelo en su cabeza, frente a un mantel azul con peine e hilo de coser, y una segunda Mujer (sin fecha), sobre fondo azul, sentada, observando de reojo una gran maceta con planta”. Su producción incluye variaciones de este género como “retratos con paisaje” −siempre de acuerdo con las clasificaciones del curador−. Es el caso de Después del juego (1973), “en el que vemos a un mustio niño de cuerpo entero y gorra frente a una pelota roja, ante un raído muro sobre el cual sobrevuelan tres cruces misteriosas en un cielo oscurísimo”. Otra variante son los “retratos de seres extraños”, como Magia (1974), “donde alguien se muestra escondido bajo un manto y sólo permite que se vean sus piernas enfundadas en gruesas medias, orinado por un pequeño niño desnudo que apenas se muestra en el borde de una puerta, frente a un sol encapsulado que deriva en una suerte de placenta aérea que cobija un feto”. Extraño ser (sin fecha) es también un ejemplo del mismo subgrupo, en que se ve una “suerte de bípedo azul y negro a cuerda y con escamas, posado sobre lo que podría ser un carnero muerto, secundado por una pelota roja idéntica a la de un cuadro anterior”. «El curador cita a la investigadora Diana Wechsler, que distingue a su vez otro subgrupo, el de los “retratos siameses”, como en la obra Sin Título (Abrazo), “donde observamos a dos niñas fundidas en sus brazos entrelazados, una mayor de vestido verde que sostiene a otra de vestido blanco”. Los individuos “no se pueden separar, [ya] que no son sino en su presencia obligada con el otro”.

Emilia Gutiérrez. El Mago, s/f , óleo sobre tela.65 x 40 cm. Ph: Gentileza de Cosmocosa

Cippolini agrupa asimismo un segundo conjunto, de “escenas”, en que se observan “distintos personajes en una situación, interactuando ensimismados, ocupando un mismo espacio en el cual sus mundos internos parecen anclarlos. En la muestra un ejemplo podría ser Trilogía (1970), en la cual en primer plano vemos a una mujer posando con los brazos cruzados, una bandeja bajo la axila derecha, y por detrás un hombre calvo frente a una mesa y una niña leyendo detrás de lo que podría ser un mostrador”. El curador propone un tercer grupo híbrido, los “interiores”, compuesto por “tantísimas escenas o retratos en bares o en ambientes domésticos que van trazando los límites de su mundo alucinado: por ejemplo, Loly (1974), dama de largos cabellos, sombrero, pulóver tejido y copa en mesa, secundada por un cortinado”.

Emilia Gutiérrez, El paseo del diablo, 1974, óleo sobre tela, 45 x 55 cm. Ph: Gentileza de Cosmocosa

A partir de 1975, Gutiérrez abandonó la pintura al óleo para dedicarse al dibujo. Cuenta el texto curatorial que “cerca de sus 47 años, sufre alucinaciones auditivas: los mismos colores que la hicieron Flamenca hablan, le dicen”. Su tratamiento psiquiátrico recomendó entonces abandonarlos.

Contenido producido por arteBA. Memoria anual de arte argentino contemporáneo.