Nostalgia de un bosque
Andrés De Rose
Gachi Prieto
20.02.20 | 26.03.20

Con curaduría de Andrés Waissman y texto de sala de David Nahon, Andrés De Rose (Buenos Aires, 1986) presenta en Gachi Prieto Nostalgia de un bosque, una muestra de pinturas y dibujos que continúa su reflexión en imágenes acerca de la división entre naturaleza y cultura, abarcando, entre otros temas, la arquitectura del paisaje de la ciudad, a la que contrapone las características de la piedra y del mineral por anteceder en su origen a las civilizaciones humanas.

El artista investigó en particular las propiedades energéticas y místicas de la piedra de obsidiana, la cual define y relaciona como “magma solidificado, por lo que estaría directamente vinculada con el sol y por ende con todos los soles del universo”. Si bien la piedra en sí no forma parte de las obras en la exposición, de estas investigaciones surge una serie de imágenes de la naturaleza, arquetipos derivados de figuras de insectos, semillas, mamíferos, reptiles y vegetación: “seres andróginos, sexuales, que tienen como herencia genética la piedra negra de obsidiana se reflejan en mis dibujos, pinturas y objetos”, sintetiza en su statement.

La exposición comienza con dos pinturas geométricas en blanco, negro y gris, Sin título 100170 (2019) y La torre (2019). En estas piezas prevalecen las líneas rectas, los contrastes y los colores plenos. En la obra Luna del nacimiento (2018) se observa una construcción similar a la torre; sin embargo, la presencia de la luna, un círculo blanco hacia el borde superior, forma reflejos en el resto de la superficie pictórica y da lugar a una serie de líneas curvas en gris y en trazos de lápiz blanco que parecen ir de a poco esfumándose, por dentro o por fuera de las figuras geométricas. De esta manera, el espacio de una arquitectura imaginaria y nocturna de líneas rectas se va invadiendo de formas curvas. Esta tendencia se acentúa en paisajes como Desierto (2017),  en que las rectas solo están presentes como finas líneas trazadas en lápiz blanco, sobre un fondo negro que evoca una noche profunda.

Nahon explica que “pintar es [para De Rose] modelarse una arquitectura nueva dentro del esquema de una ciudad que le resulta hostil pero a la cual no renuncia. La elige para trabajar, opta por estar presente donde su problemática lo convoca”. Las líneas se curvan. El blanco se mezcla con otros colores, además del negro, y De Rose pinta sobre el revés de un papel de empapelado. En estas piezas, las líneas y los colores forman extraños animales: un Insecto (2019), pero también un Calamar (2017) o seres menos identificables, aunque igualmente monstruosos, como el Inconsciente colectivo (2018), este último pintado en acrílico y lápiz sobre tela. “En lugar de alejarse [de la ciudad, De Rose] se acerca como un entomólogo a las cosas e inventa a partir de ese contacto donde un insecto es un animal pequeño y al mismo tiempo una tecnología muy compleja”, sigue Nahon.

La serie de contraposiciones y contrastes que aparecen en estas piezas se van haciendo menos evidentes a medida que el paisaje se va complejizando y las líneas empiezan a formar figuras que se parecen a seres vivientes, esfumando a su vez los límites estrictos que la cultura establece entre  los reinos mineral, vegetal y animal.